LOS PROCESOS DE MOSCÚ: LA CONFESIÓN DE PIATAKOV -I Processi di Mosca : La confessione di Piatakov

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Los Procesos de Moscú: La confesión de Piatakov

Enviado por Luís Urrutia

Publicado en la Prensa de los años 30:  La expresión “Juicios teatrales”, para referirse a los Procesos de Moscú, proviene del nazismo.
Su vergonzanteorigen no impidió que se consagrara hoy mediáticamente en todo Occidente, sin ninguna discusión. El prestigio inapelable conferido a esta “letra de molde”, desnudaría su artificio si, a la vista de la opinión, apareciera la cobertura viva que la prensa no fascista  brindaba de los juicios, en el instante en que tenían lugar, reflejando un tremendo  dramatismo que no cabría tras la banal etiqueta de “show”.

La noticia, dada por el New York Times:
Complot en combinación con el Reich y Japón fueron confesados en el juicio soviético. Trotsky planeaba provocar la guerra, voltear el régimen y crear dos regiones de poder, dijo la acusación. La totalidad de los diecisiete admitieron toda su culpabilidad.
Cable especial para el New York Times

Por Walter Duranty

 
Moscu, 23 de enero de 1937.- 
Con una clara y descolorida voz, tan precisa y desapasionada como la de un profesor dictando su clase, Gregorio Piatakov, ex Comisario Asistente de la industria pesada, liquidó su vida y la vida de sus  dieciseis compañeros acusados, tan pronto comenzara su enjuiciamiento como  conspiradores contra el régimen soviético.
Lució como un profesor, con su ancha frente de erudito, anteojos de armazón negro, barba corta y rojiza y cabello ondulado hacia atrás, todo salpicado por el gris de las canas. Pero lo que expuso fue un relato negro de traición, en acto y en intención.
Aquí, por cinco largas horas, no existió la histérica confesión de un fanático desesperado, pero sí un pormenorizado relato de acción conspirativa, poco menos terrible y más convincente que la acusación, cuya lectura ocupó la primera hora de esta sesión de apertura del juicio.
Muy breve y sumariamente, la acusación enunció cinco cargos: un intento de derribar el gobierno soviético y restaurar el capitalismo, un pacto con estados extranjeros enemigos –Alemania y Japón- para provocar la guerra, invasión y apoderamiento de territorio soviético, espionaje, sabotaje y el intento de cometer actos de terrorismo, incluídos el asesinato de líderes soviéticos.
Todos los acusados se declararon culpables de los cinco cargos de la acusación, cualquiera de los cuales sería suficiente en este país para fusilar siete, setenta o setecientas veces a los diecisiete conspiradores.
Solamente el sabotaje y el espionaje fueron hechos consumados, pero Piatakov dejó en claro que la voluntad por todo lo demás estaba presente, aunque su realización fue imposible. Todo esto, dijo, fue por órdenes directas de León Trotsky, y su exposición llegó al climax con la descripción de una visita secreta suya a Trotsky en Oslo, Noruega, en diciembre de 1935.
En este punto, la audiencia entera de 500 personas –diplomáticos extranjeros, reporteros y altos funcionarios rusos, con muchos oficiales uniformados pero pocas mujeres- se inclinó hacia adelante con concentrada atención.
El juicio se desarrolló en un pequeño hall del ex Club de Nobles, un largo salón bajo, con paredes de verde claro, rematado en un friso blanco como una calza de madera china. Es la primera vez en cualquier juicio al que este cronista haya asistido aquí, que el estrado de los jueces estuvo decorado en verde en  ugar de rojo.
El presidente del tribunal, Vassili M. Ulrich y sus dos colegas estaban uniformados, porque ésta es una suprema corte marcial, contra cuya decisión no existe apelación, y cada media hora, guardias de alta estatura, de uniformecaqui con sus bayonetas inmóviles y cascos con visera de lana azul oscuro se encuadraban en postura rígida como de estatuas al lado de la barra que rodeaba el escenario, donde los acusados estaban ubicados escuchando las palabras que significaban su muerte segura.
Piatakov estaba contando ahora que se había entrevistado con un emisario trotskista, a través del corresponsal del periódico Izvestia en Berlín, Bukhartsef,  quien luego testificó en confirmación de esto y dió el nombre del emisario, al que identificó como Gustav Stimmer.
A la mañana siguiente, continuó Piatakov, se fué temprano al aeropuerto de Tempelhof, donde el emisario se encontró con él y le dió un pasaporte alemán, a nombre supuesto, con una visa noruega y a las tres en punto de la tarde se ubicó velozmente en un avión, en el cual él era el único pasajero, hasta el aeropuero de Oslo, desde donde raudamente se dirigió en auto hasta la residencia de Trotsky.
“¿Cómo fué arreglado todo esto?”, preguntó el fiscal Andrei Vishinsky. Piatakov se encogió de hombros, pero Bukhartsef, quien también está bajo  arresto y que ha admitido haber sido parte de la conspiración, señaló
insipidamente sobre la misma cuestión: “Stimer conocía la gente capaz de arreglar las cosas para encausar esto”.

Aparece en escena el nombre de Hess

La  entrevista, que se extendió por dos horas, fue asombrosa, a menos que Piatakov hubiera mentido, porque Trotsky, de acuerdo con Piatakov, comenzó por decir que se había reunido y realizado un pacto con Rudolf Hess, ministro alemán sin cartera y uno de los cancilleres de Adolfo Hitler, jefe de sus partidarios, quién garantizó el apoyo alemán al grupo zinovietista-trotskista. Gregorio Zinoviev, León Kamenev y otros catorce fueron ejecutados el pasado agosto, como consecuencia de haberse declarado culpables de los cargos de conspiración para matar a José Stalin y derribar el régimen soviético. En compensación, testificó Piatakov, los trotskistas, siempre y cuando ellos hubieran obtenido el poder, entregarían a Alemania la Ucrania –no quizá en forma absoluta , pero sí bajo la forma de un gobierno burgués semiautónomo, al estilo del de Hetman Skoropadsky en 1918- y todas las facilidades para las inversiones de capital germano en Rusia y para su acceso al oro, hierro, petroleo, carbón y manganeso y al mercado de demanda ruso, en resumen, una virtual

Alianza entre Hitler y Trotsky.

Además, de acuerdo con Piatakov, Trotsky dijo:“Cuando la guerra comience –y esto, desde luego, es inevitable- nosotros debemos hacer lo máximo posible para coordinar nuestro esfuerzo con Alemania y quizá Japón para el sabotaje y la acción terrorista de todo tipo.“Nosotros debemos hacer esto incluso ahora, en el interregno, pues es el 
único camino para derribar el gobierno estalinista (aquí Piatakov hizo una pausa para explicar que Trotsky nunca se refirió al gobierno soviético como tal, sino al gobierno estalinista) y tomar el poder para nosotros”.
“¿Qué está usted significando?” , preguntó el Sr. Vishinsky en medio de un tenso silencio,“¿que este fue el programa que Vd. adoptó o el que simplemente Trotsky aconsejó?”

Piatakov vacila

“Trotsky explicó que  cualquier intento de trabajo  en las masas era imposible,  porque éstas estaban  hipnotizadas por el progreso  soviético en la agricultura y la industria y por lo tanto nuestra única espectativa era  una acción desde arriba, por  pequeños grupos de altos dirigentes, que podría  organizar el terrorismo, asesinatos y sabotaje en una gran escala, además de  dar a los amigos extranjeros  muy valiosa información.“Quiero significar”, dijo, 
“que estas fueron las instrucciones de 
Trotsky, sí, y que éste fue nuestro programa.”
Piatakov agregó que él fue personalmente responsabilizado para la organización  de la conspiración, porque su posición como Vice Comisario para la Industria  Pesada y la posterior como presidente del complejo industrial químico, le permitía nombrar trotskistas en puestos claves para la preparación y el
lanzamiento del sabotaje.
Testificó que Karl Radek, una opinión muy autorizada por sus artículos en el periódico Izvestia, y Gregorio Sokilnikov, ex Vice Comisario de Asuntos Extranjeros y Embajador en Londres, eran quienes entre los acusados tenían en sus manos lo referido al espionaje y el contacto con los amigos extranjeros, al comienzo con los alemanes y luego con los japoneses. Piatakov fue más lejos y declaró que Sokolnikov había tenido una conversación sobre la materia con un embajador extranjero aquí.
Ante la audiencia atónita, el juez Ulrich hizo sonar el timbre y dijo repentinamente “¡No mencione nombres!”, mientras el fiscal Vishinsky exclamó: “Esto será discutido en sesión cerrada”, la primera señal, que
en éste como en otros casos anteriores similares, parte del juicio será  conducido a puerta cerrada.
Una vez que Piatakov reiterara “todo esto fueron instrucciones de Trotsky, las cuales, dijo, habían sidoelaboradas en coordinación con el Estado  Mayor Alemán”, el juez Ulrich interrumpió diciendo “omita la cuestión   internacional” y el Sr. Vishinsky lo cortó arremetiendo con esta severa  pregunta, repicada con el sonido de un timbre funerario, “Vd. hizo esto, Vd. planeó esto, ¿no fué esto un crimen contra el Estado?”
En un primer momento, Piatakov perdió el dominio de sí mismo ante esta despiadada exclamación: “Vd. cometió sabotaje”.  El fiscal lo apremió: “¿ No fué esto un crimen contra el Estado?”. “Y el espionaje, ¿no es eso 
un crimen?”. “Vd. planificó muertes. ¿No fué eso un crimen?” “Vd.  ofreció a los enemigos parte de nuestra patria. ¿No es eso un crimen?”

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Testifica repitiendo debilmente

Piatakov, abatido, se encogió como empequeñeciéndose. Con un hilo de voz repetía a cada pregunta: “Sí, yo lo hice, sí, eso fue un crimen.”“¿Con qué objeto?”, el Sr. Vishinsky gritó. Pero entonces ya no hubo respuesta.Este periodista cree que para un hombre como Piatakov, con una trayectoria exitosa y brillante, de quien Lenin habló tan elogiosamente, no podrá haber momento más amargo que este día, y de aquí en más sólo
suspirará con alivio en el último segundo, cuando los rifles se alineen como  lanzas frente a su pecho.
El veredicto de este juicio será mucho más convincente para la opinión  extranjera que el del juzgamiento de Kamenev-Zinoviev.
El fiscal declaró que uno de los acusados, I.A. Kniazev, estaba comprobadamente en posesión de documentos que establecían más allá de toda duda una conexión con los militares japoneses del servicio de inteligencia.
Esta prueba, presumiblemente, será realizada.
La fiscalía fue también afortunada en la capacidad de su “estrella” Piatakov, cuyas palabras aportaron convicción a los oyentes más incrédulos. Uno de los más experimentados diplomáticos extranjeros dijo a este
periodista, a la noche, “si esto es mentira, entonces yo jamás he visto
una verdad”Por lo demás, los otros acusados nombrados por Piatakov, en lugar de negar lo que éste dijo, como ocurriría en cualquier juicio, confirmaron plenamente todo y sin alterarse.Finalmente, habrá testigos, no muchos y no enteramente independientes, como Bukhartsev y Vladimir Romm, corresponsal de Izvestia en América, quien, según Radek dijo, trajo las primeras cartas de Trotsky para él y llevaba sus contestaciones.
Ellos están bajo arresto, o en cualquier caso, “retenidos como testigos materiales”. Pero ellos constituyen evidencia, sin embargo, que se suma a las confesiones.
La confesión de Piatakov en un informe al Departamento de Estado
El carácter secreto del siguiente documento le quita la sospecha de “discurso para plaza pública”. Está destinado a orientar la política real del gobierno norteamericano y no a fines propagandísticos. Tratándose del informe de un funcionario a su superior, existe una obligación legal de decir la verdad.
 “Moscú, febrero 17 de 1937.
“AL HONORABLE SECRETARIO DE ESTADO
“JUICIO RADEK POR TRAICION  (Enero 23-30)
“Estrictamente confidencial
“Señor:
“Tengo el honor de informar lo siguiente con respecto a ciertos rasgos   salientes e impresiones personales relacionadas con el llamado juicio Trotsky-Radek por traición……Los principales acusados eran Piatakov, Radek, Sokolnikov, Serebriakov y Muralov. Piatakov fue el primero en declarar y se situó ante el micrófono,
de frente al fiscal, y se dirigió a él como un profesor que dicta su lección. Había sido Asistente del Comisario del Pueblo para la Industria Pesada; tenía la reputación de ser uno de los que lograron el triunfo del Plan Quinquenal y declaró que provenía de una antigua familia de fabricantes.
En detalle, calmo y desapasionado, procedió a la narración de sus actividades criminales. A medida que continuaba (como se realizó también con los otros) su testimonio debió ser interrumpido por el fiscal, quien preguntó a varios de los otros acusados para corroborar ciertas afirmaciones específicas que el describía.
En algunos casos modificaron o discutieron acerca de algunos hechos, pero en general, corroboraron el crimen cometido.
Todo esto lo realizaban los acusados con el máximo de indiferencia…La declaración desapasionada, lógica y detallada de Piatakov y la expresión de sinceridad con que la emitió denotaban convicción…
He hablado con muchos, si no con todos los miembros del Cuerpo Diplomático de ésta y, con posiblemente una sola excepción, todos eran de opinión que las actuaciones establecían claramente la existencia de un complot y conspiración política para derribar al gobierno.
En el Cuerpo Diplomático no existe unanimidad de opinión con respecto al testimonio cuando se refería al alegado acuerdo de Trotsky con Japón y Alemania. La argumentación de dicho plan, tan calmosamente discutido y defendido por Sokolnikov y también por Radek, era aceptada por algunos, que señalaban que el mismo estaba de acuerdo con la conducta de Lenin al conquistar el poder mediante el uso del militarismo germano en 1917 y la ascensión de los socialdemócratas en Alemania de las cenizas de la guerra.
Para otros, esa parte de la prueba había que descartarla. Pero todos convenían en que el estado había probado un caso de conspiración contra el actual gobierno…”
Joseph E. Davies
Embajador de EEUU
en la URSS
Fuente:  Joseph Davies, Misión en Moscú,  Edit. Tor Bs.As. pag. 38 a  42
 Las objeciones de Trotsky
 Para Trotsky, deshacerse de la pesada carga que le representaban los procesos de Moscú y su difusión, equivalía a un grosero descalificarlo todo: no sólo a los protagonistas –acusadores y acusados (a éstos los presenta inocentes de los cargos, pero quebrados y traidores)-  sino también a la jerarquía del entorno de sus testigos presenciales.
Dice en 1936: “¿Los extranjeros? Diplomáticos indiferentes que desconocen el idioma ruso, o periodistas 
como Duranty, que ya tienen sus opiniones preconcebidas.” (ob. cit.pag. 37)Sin embargo, y exactamente al contrario de lo que allí asevera Trotsky, los procesos, como sucesos políticos de primera magnitud, acaparaban
la atención de los diplomáticos acreditados en la URSS; así se acaba de ver en la anterior cita de “Misión en Moscú”, el célebre libro del embajador norteamericano Joseph Davies.
En cuanto a Duranty, que firma el despacho del New York Times arriba visto, no podría decirse, en 1936, que sus ideas sobre Rusia fueran preconcebidas: los archivos del periódico muestran que, por lo menos desde 1923, realiza una frondosa tarea periodística desde el país de los soviets.  Este brillante periodista, escritor premiado (O. Henry 1928),  fue galardonado con el Pulitzer (1932) precisamente por su trabajo en la Unión Soviética. Su huella es una espina que aun duele, no sólo al trotskismo, sino a la derecha norteamericana y mundial. En su momento, Trotsky lo catalogó como “amigo de la URSS”, lo que, en boca suya, equivalía a dura denostación.
Pero a décadas de su fallecimiento, en  tiempos de campaña por la reelección de Bush, los republicanos reclamaron se lo despoje post mortem del Pulitzer. El New York Times se negó a devolver  la estatuilla. A la cruzada se agregó la embajada de Ucrania en la  Argentina, que anunció la junta de firmas con igual propósito desde noviembre de 2008. Congresistas norteamericanos que se entrevistaron con Raul Castro fueron consiguientemente fustigados “por actuar en la isla a lo Duranty, ver lo que habían deseado ver”.
Las Actas Taquigráficas de los Procesos fueron publicadas en distintos  idiomas y el contenido de esas actas pudo cotejarse con las crónicas periodísticas, así como con las memorias de Joseph Davies. El resultado es que nadie objetó la autenticidad de estas constancias. Ningún impugnador de los procesos ha podido negar que Bujarin o Piatakov dijeron lo que las actas dicen que dijeron.
De la confesión de Piatakov, en Actas Taquigráficas
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El diálogo que sigue confirma y perfecciona el relato periodístico y contribuye a corroborar la espontaneidad que informa la crónica, dada la psicología sutil que acompaña las réplicas entre el fiscal y el acusado.
VYCHINSKI: ¿Pero usted se daba cuenta de que todo cuanto hacía era un
crimen de Estado muy grave?
PIATAKOV: No lo tenía claro en el transcurso de aquella conversación.
VYCHINSKI: En 1931, cuando usted recibió la orden de emprender el
camino del terrorismo, ¿era o no era éste uno de los más graves crímenes de
Estado?
PIATAKOV: Sí, seguramente.
VYCHINSKI: En 1932 le fue confirmado esta orden y usted se encargó de
llevar a cabo esta tarea. ¿Era esto uno de los más graves crímenes de Estado?
PIATAKOV: Exactamente igual.
VYCHINSKI: ¿Es decir?
PIATAKOV: Era uno de los más graves crímenes contra el Estado.
VYCHINSKI: ¿La orden de sabotaje le fue transmitida por mediación de
Radek o bien directamente?
PIATAKOV: Me la transmitieron a mí personalmente.
VYCHINSKI: ¿Y la aceptó?
PIATAKOV: Sí.
VYCHINSKI: ¿Cómo califica usted esto?
PIATAKOV: Exactamente igual.
VYCHINSKI: ¿Es decir?
PIATAKOV: Como uno de los más graves crímenes contra el Estado.
VYCHINSKI: ¿Recibió la orden de cometer actos de diversión?
PIATAKOV: Sí.
VYCHINSKI: ¿Cómo califica usted esto?
PIATAKOV: Exactamente igual.
VYCHINSKI: ¿Le dieron alguna orden sobre terrorismo?
PIATAKOV: Sí.
VYCHINSKI: ¿Cómo califica usted esto?
PIATAKOV: Exactamente igual.
VYCHINSKI: ¿Le dieron una orden sobre espionaje? ¿Cómo lo califica
usted?
PIATAKOV: Exactamente igual.
VYCHINSKI: ¿A favor de quién?
PIATAKOV: No voy a decir aquí a favor de quién.
VYCHINSKI: ¿A nombre de quién y con qué finalidades políticas? Cuando
aceptó en 1931 la orden sobre sabotaje, cuando aceptó la orden sobre los
actos de diversión, cuando aceptó la orden sobre espionaje y las relaciones
con los servicios de espionaje de ciertos Estados extranjeros, ¿estaba todo
claro para usted o bien no sabía adónde conducía todo esto? ¿Cómo califica
esta serie de hechos?
PIATAKOV: Si lo hubiera visto todo claro, es probable que las cosas
hubiesen sucedido de otro modo.
VYCHINSKI: Sin embargo, ya es usted un hombre mayor. Procedamos en
sentido inverso. Al aceptar la orden sobre terrorismo, ¿no comprendió que se
trataba del asesinato de los dirigentes de nuestro Partido?
PIATAKOV: Lo comprendí, por supuesto.
VYCHINSKI: ¿Y no es esto uno de los mayores crímenes contra el Estado?
PIATAKOV: Evidentemente, claro está.
VYCHINSKI: ¿Por qué dice entonces que esto no estaba claro para usted?
PIATAKOV: No se trata de este aspecto de la cuestión.
VYCHINSKI: Es este aspecto el que me interesa como Fiscal. ¿Cómo
puede decir que esto no estaba claro? ¿Qué hay en ello de oscuro: va a la
U.R.S.S., organiza allí grupos terroristas, organiza el asesinato de los
dirigentes del Partido y del Gobierno. ¿Está claro o no?
PIATAKOV: Evidentemente, está claro.
VYCHINSKI: ¿Qué es, pues, lo que no está claro para usted?
PIATAKOV (calla).
VYCHINSKI: Para mí está muy claro, igual que para todo nuestro pueblo y,
probablemente, para usted también.
PIATAKOV: Pero ya le he dicho que lo vi claro más tarde.
VYCHINSKI: Es lo que le pregunto: ¿está claro para usted?
PIATAKOV: Es evidente que está claro.
VYCHINSKI: ¿Existía la orden de precipitar la guerra?
PIATAKOV (calla).
VYCHINSKI: Ayudar al agresor, ¿es ayudar al fascismo?
PIATAKOV: Sí.
VYCHINSKI: ¿Quien ayuda al fascismo es un agente del fascismo?
PIATAKOV: No siempre.
VYCHINSKI: ¿Y en este caso?
PIATAKOV: En este caso, completamente.
VYCHINSKI: ¿Está, pues, esto claro? No tengo más preguntas que hacer.
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...."L’ineguaglianza dello sviluppo economico e politico è una legge assoluta del capitalismo. Ne risulta che è possibile il trionfo del socialismo all’inizio in alcuni paesi o anche in un solo paese capitalistico, preso separatamente...." Lenin -Sulla parola d’ordine degli Stati Uniti d’Europa-Pubblicato sul Sozial-Demokrat, n. 44, 23 agosto 1915.
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